domingo, 14 de noviembre de 2010

Arrivederci, Roma

Cien pesos chilenos están en el fondo de la Fontana di Trevi, así que más me vale volver a Roma. Al fin pude salir del sopor habitual de la vida del estudiante flojo, y subirme a un viaje de fin de semana para poder conocer la capital, organizado por la ESN. Aunque no me gusta andar en viajes "masivos" (porque parece gira de estudios la cuestión, y aparte ralentiza todo el proceso turisteador), me sumé a este por dos razones:

1. El precio era bastante bueno (95 euros).
2. Después de pasar 2 meses en Nápoles, estaba más aburrida que en misa.

Así que, luego de saber quiénes de mis amiguis querían ir, junté las monedas y me anoté. Los días pasaron y la tensión/emoción aumentaban. Finalmente, este viernes 12 nos encontramos en la estación de trenes Centrale un grupo de más o menos noventa personas. Alrededor del mediodía nos subimos al tren, y en dos horas y media estábamos en la estación Termini de Roma. Después de un largo rato en que nos separaron en grupos, pude llegar al lugar donde teníamos que alojar (de mis amigos, quedé con 3 en una habitación). Rápidamente hicimos un descanso express y partimos a caminar por la ciudad y a encontrarnos con el resto de la manada - no el grupo completo de 90 giles, sino sólo los que nos pusimos de acuerdo para viajar juntos.

Hay un problema que siempre sale a flote cuando se anda en grupo: la indecisión. Obviamente no todos queríamos hacer lo mismo. Yo me encontraba en la facción que quería sentarse a comer tranquilamente en un lugar y disfrutar de la atmósfera. Luego de seguir hablando por varios minutos en que llegábamos a la misma conclusión del principio, cortamos por lo sano y nos separamos para ser felices (mi consejo: dividir siempre, en vez de tratar de crear un plan que mágicamente funcione para todos). Mis correligionarias (?) y yo nos sentamos en un restaurant-pizzería a deleitarnos con un pedazo de gastronomía. Un comentario sobre esto: el precio de la comida. No es que me ande correteando para pagar un suculento plato (por no decir otra cosa); pero es un crimen, después de estar pagando 3 euros por una pizza Margarita en Nápoles, pagar 7. Una injusticia. Pero da lo mismo, porque al final me decidí por un plato de Fetuccine Alfredo, y fui feliz otra vez.

Después, para bajar la guatita, caminamos hacia el Coliseo. A medida que avanzábamos y veía más de su silueta, creía que me iba a dar un soponcio o algo así. Solamente cuando estuve ahí, cara a cara con una estructura más vieja que Matusalén, me di cuenta de que realmente estaba en Roma. Y creo que a mis amigas les pasa lo mismo, porque todas teníamos cara de idiota cuando recorríamos los alrededores. Lo único que le restaba emoción y encanto a la cosa era que cada dos minutos aparecía alguien tratando de vendernos la pomada de los souvenirs, con el típico "bella, bellissima!" característico de la labia que tienen los italianos.

Después de un rato vagando entre el Coliseo y el Foro romano, reunimos a la manada y planeamos nuestros próximos movimientos. Como estábamos cortos de tiempo, no tuvimos más opción que irnos a nuestros respectivos alojamientos para descansar un poco y prepararnos para la fiestoca que estaba planificada para la noche. Porque la "excusa" del viaje era un encuentro intercultural de estudiantes Erasmus y blablabla, que en verdad significa hacer lo mismo que siempre (curarse hasta rodar por las escaleras), sólo que masivamente y en otra ciudad.

Llegar a la fiestoca fue un proceso más largo y engorroso de lo que debería haber sido, pero lo importante es que encontramos el lugar y pudimos entrar. La disco: na' que vers con otras que he visto por Nápoles. El edificio era enorme y la gente podía bailar sin estar chocando a cada rato. Lo malo: la música tuvo el mismo ritmo (punchi-punchi) por 3 horas aproximadamente., cosa que no me agrada mucho (echo de menos los ritmos latinoamericanos). El asunto es que entre empujones, intentos de bailar, emoción por un par de canciones buenas, olor a sobaco, el suelo pegajoso, lo irrisorio de la borrachera de algunos y el dolor de patas, sobreviví a la fiesta y a las 5 de la mañana partimos a la Metro para irnos a la casa. Por suerte, los trenes empezaban a funcionar a partir de las 5 y media, así que el trayecto fue facilito y pudimos encontrarnos durmiendo a las 6. Eso es algo que se le agradece a Roma.

domingo, 17 de octubre de 2010

Ay, la vida...da tantas vueltas

He visto tantas cosas extrañas que no me acuerdo de todo. Así que lo único que puedo decir por ahora es que cada vez me gusta más Nápoles. Después de un mes aquí, me alegra y me alivia saber esto. En mi proceso de preparación para antes del viaje revisé un montón de referencias y comentarios respecto a la ciudad (en internet, claro), y tengo que reconocer que me dio un poco de julepe y arrepentimiento por haberla escogido. La mafia, el peligro en las calles, la suciedad, la desorganización...todos puntos en contra cuando sabes que ya tomaste una decisión y que ya no te puedes echar para atrás.
Como ya se habrán dado cuenta, mi primera impresión no fue muy buena; mezcla de ver que varias de esas cosas eran ciertas y de encontrarme sola. Pero ahora pienso que al final hay que apropiarse de cualquier lugar en el que uno esté e intentar vivir lo mejor posible. Creo que de ahora en adelante, cuando me toque estar en una ciudad nueva -y si es que me toca algún día -, no pienso hacer la misma "preparación". Puede que no siempre las cosas me resulten, pero al final hay que descubrir por uno mismo si se está bien o mal, si el lugar es agradable o no, etc. Lo más importante que he descubierto aquí, es que en la imperfección de las cosas está lo divertido.

Primero el choque cultural fue impresionante, y fue difícil despertarme y darme cuenta de que tenía que "soportar" esto por cinco meses. Después, al encontrar más gente que se sentía como yo, empecé a tratar de entender esto en vez de sólo pensar que era demasiado extraño como para adaptarme. Y, al final, descubrí cosas agradables, como la amabilidad con que te tratan por ser extranjera (no todos, por supuesto), las similitudes con Chile, y algunas diferencias importantes en cuanto a la convivencia en la ciudad. Y de la Camorra, ni hablar: ni siquiera me he acordado, excepto cuando alguien saca el tema. Tampoco me he preocupado demasiado por andar ojo al charqui por si alguien me quiere robar las inutilidades que llevo conmigo cuando salgo. Y la basura...bueno, ya me acostumbré, aunque pienso que es una exageración decir que es un problema extremadamente grave. He visto cochinadas peores.

El punto es que espero haber cambiado mi mentalidad respecto a las ideas preconcebidas que se tienen antes de llegar a algún lugar. Cuando hay que sobrevivir, hay que hacerlo nomás, y no preocuparse de estupideces ni dejarse llevar por el golpe inicial . Antes creía que había aprendido la lección acerca de las primeras impresiones, pero supongo que hacía falta algo mayor para realmente entenderlo.

P.S.: Los dejo con una foto del Vesubio visto desde un ferry rumbo a Ischia. Enjoy.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Dónde estoy?

Había pensado en cancelar este blog y darme a la fuga, pero ahora que estoy más sola que un dedo encuentro que es una buena forma de hacer algo sin tener que hacer algo (no sé si me explico). Ayer en la tarde llegué a Nápoles, y cuando me instalé en la hostal en que estoy ahora provisionalmente, me di cuenta de que estaba sola. Sola, sola, pero así sola, con mayúsculas: SOLA. Así como para que me griten "¡cómprate una isla!" (cosa que no estaría nada de mal, pensándolo bien).
Antes de venirme, y cuando hablaba con quien fuese que me preguntara si estaba nerviosa por partir, no me lo tomaba tan gravemente - a excepción de un par de veces en que me puse a pensar antes de contestar. Pero es solamente en esta situación que uno se da cuenta de que en verdad atravesó el Atlántico y llegó a un lugar donde la única forma de contactarse con sus seres queridos es a través de la magia de internet (y del celular, pero eso sale muy caro). Es raro estar así, más todavía porque esta ciudad parece Santiago centro, pero con ciertas diferencias importantes: la gente se grita barbaridades en italiano o napolitano, las calles parecen no tener sentido, la mayoría de la gente lleva perfume de empanada, y las motos aparecen por todos lados.
Echo mucho de menos mi casa y a la gente con la que estoy acostumbrada a compartir. El olor a empanada no debería salir de las cavidades corporales de las personas, sino de una buena masa rellena con un rico pino (a mí nomás se me ocurre salir de Chile para el bicentenario). Ni siquiera hay un quiltro en la calle para que me haga compañía. Pero, ¿qué se le va a hacer? Lo único que me queda ahora es salir de la melancolía en que caí y tratar de hacer algo productivo. Por ahora, mi primer acto oficial será comerme un trozo de pizza. He dicho.