Había pensado en cancelar este blog y darme a la fuga, pero ahora que estoy más sola que un dedo encuentro que es una buena forma de hacer algo sin tener que hacer algo (no sé si me explico). Ayer en la tarde llegué a Nápoles, y cuando me instalé en la hostal en que estoy ahora provisionalmente, me di cuenta de que estaba sola. Sola, sola, pero así sola, con mayúsculas: SOLA. Así como para que me griten "¡cómprate una isla!" (cosa que no estaría nada de mal, pensándolo bien).
Antes de venirme, y cuando hablaba con quien fuese que me preguntara si estaba nerviosa por partir, no me lo tomaba tan gravemente - a excepción de un par de veces en que me puse a pensar antes de contestar. Pero es solamente en esta situación que uno se da cuenta de que en verdad atravesó el Atlántico y llegó a un lugar donde la única forma de contactarse con sus seres queridos es a través de la magia de internet (y del celular, pero eso sale muy caro). Es raro estar así, más todavía porque esta ciudad parece Santiago centro, pero con ciertas diferencias importantes: la gente se grita barbaridades en italiano o napolitano, las calles parecen no tener sentido, la mayoría de la gente lleva perfume de empanada, y las motos aparecen por todos lados.
Echo mucho de menos mi casa y a la gente con la que estoy acostumbrada a compartir. El olor a empanada no debería salir de las cavidades corporales de las personas, sino de una buena masa rellena con un rico pino (a mí nomás se me ocurre salir de Chile para el bicentenario). Ni siquiera hay un quiltro en la calle para que me haga compañía. Pero, ¿qué se le va a hacer? Lo único que me queda ahora es salir de la melancolía en que caí y tratar de hacer algo productivo. Por ahora, mi primer acto oficial será comerme un trozo de pizza. He dicho.