domingo, 28 de octubre de 2012

La combinación maldita de gatos y remedios

No odio a los gatos ni mucho menos; creo que son criaturas maravillosas, maléficas y tiernas a la vez, y esa mezcla es perfecta. Pero a la hora de sanarlos, son unos desgraciados en comparación a los perros. Parece que se dan cuenta de que uno les tiene sospecha y se aprovechan de eso para manipular y escaparse de los remedios, el alcohol en las cicatrices, la limpieza de orejas, las gotas en los ojos (lo más terrible de administrar), etc.

Mi Kali (en la foto, durmiendo siesta), una guatona hambrienta con cara de gizmo, hace un par de meses estuvo con toxoplasmosis y tenía que ser tratada mediante antibióticos (o no sé qué diablos) en forma de pastillas. Pero, a pesar de tragarse todo a su paso, a la hora de intentar esconderle el cuarto de pastilla en un pedazo de queso/bocadito/carne, se las arreglaba para comerse todo y escupir el pedazo de medicamento con cara de "¡Já! Te gané".


Traté de moler la pastilla con su comida; intenté disolverla en leche; traté de echársela en el hocico con jeringa, con cuchara, o como fuera. No tuve ningún resultado, porque la maldita sabía que lo que le quería dar tenía medicamento y lo despreciaba inmediatamente, desquitándose conmigo abriendo la bolsa del pan y robándose un pedazo durante la noche (mala idea tener dos gatas conspiradoras).

Cuando uno tiene animales enfermos o convalecientes que no se quieren tragar los remedios o no quieren recibir curaciones, la sensación es peor que la del día anterior a la reunión de apoderados. Se anda urgido todo el día y se duerme mal pensando que el pobre animal va a amanecer muerto o con las tripas colgando. Y lo peor es que (por lo que me ha tocado, al menos) cuando se les quiere dar el remedio a la fuerza, chillan, patalean, tiran zarpazos y babean de tal forma que uno jura que los está torturando e incluso llega a pedirles disculpas. Pero, ¿saben a qué conclusión llegué después de todas mis experiencias?


¡A la cresta!


Un día me aburrí de todos los tira y afloja con la gata pesá, así que me armé de valor y voluntad, y agarré el pedazo de pastilla con decisión (suena exagerado, pero de verdad cuesta). Le dije a mi gata "hasta aquí nomás llegaste" y de un solo movimiento la agarré del pellejo del cogote, le abrí el hocico con una mano y con la otra le puse la pastilla lo más al fondo que pude de la garganta. Traté como pude de cerrarle el hociquito y moverle la tráquea para que tragara, y oh, milagro: se tragó todo sin chistar, sin babear, y sin mirarme como si le hubiera hecho lo peor del mundo.


Después de todas las veces que me ha tocado administrarles medicamentos a gatas pesás, he aprendido que esa es la mejor técnica para las pastillas: sin titubear, y concentrándose en el proceso en vez de la cara del gato que te odia. En el caso de curaciones, inyecciones, gotas en los ojos y limpieza de orejas, lo mejor es envolver al gato en una toalla bien firme para inmovilizarlo, porque de otra manera no deja hacer absolutamente nada y se termina con unos rasguños que te hacen ver como la cabra de El Exorcista.

Así quedé yo después de mi primer intento
Cualquiera sea la técnica que se ocupe, el gato siempre va a chillar y llorar con voz de "¡auxilio! me matan", pero esa es una maniobra diabólica que ocupan para que uno caiga. Por supuesto, siempre se tiene que tener cuidado al hacer cualquier cosa, pero lo mejor es ignorarlos y hacer la tarea de manera rápida y limpia. Después todo pasa y tu gato igual nomás se te va a subir al computador cuando estés ocupado y te va a suplicar por comida. En mi mente, pienso que esa es la manera de mis gatas para agradecerme por cuidarlas tan bien y darles remedios a la fuerza; así me tranquilizo para poder dormir por las noches sin pensar en que me espera una emboscada mortal.

P.S.: Foto de la guatona Kali "cortesía" de mi hermanito querido, que tiene más fotos maravillosas aquí y aquí.

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